Noche de agosto.


A lo mejor llegó la hora de valorar más las pequeñas cosas, que las grandes sorpresas. La noche había inundado de forma monótona toda la ciudad. Por la calle mi sombra y la luz de la luna llena, por la calzada tan solo mis pasos al cruzar sin preocupación, en la acera una suave brisa caminaba en silencio haciendo de una noche la más solitaria y bella que nunca existió. Tras de mí, tan solo un camino sin nadie, ocupado por las sombras que se dejaban ver saliendo de los pies de las farolas, de las ruedas de los coches y la sombra de las almas que funden un edificio. Música para mis oídos, lento caminar… Por un momento sentí como el tiempo se detenía ante la oscuridad de la noche. La soledad era tan cariñosa… ella misma hacía de mis labios una sonrisa transparente. Estos momentos de soledad son aquellos que no deberían terminar, nunca. El tiempo es un arma de doble filo tan difícil de parar que terminar por huir de él. Podría tardar toda la noche describiendo lo que ella me susurra cuando irrumpe en la habitación, pero el tiempo se detuvo… al menos para mí.


No hay comentarios:

Publicar un comentario