Zapatos descoloridos, otra vez.

Es curioso saber que el mismo protagonista del texto de “zapatos descoloridos” haya recobrado un nuevo pensamiento.

Hace unos días, me le volví a encontrar, a ese Don Quijote del bus AUVASA, en su sitio de la otra vez, con sus mismas vestimentas pero con una nueva visión ante mí. En febrero de este año tenía unas manos llenas de vacío, la vida correteando entre sus entrañas con ganas de escabullirse e incrustarse en cualquier otro lugar inútil. No sé cómo, ni la razón, pero en este viaje, nuestro protagonista dejaba las manos abiertas, para convertirse en una cárcel de manos suntuosas. Había cogido la vida como si la muerte le hubiera acechado en sus mejores vivencias del día a día, como si alguien le hubiera otorgado un segundo nacimiento, es más, su larga y nevada barda seguía en la misma medida.
Pese haber cogido las riendas de su vida, seguía sin mostrar ningún tipo de emoción, seguía con un gesto de pasotismo, ni risas, ni llantos, ni siquiera bostezos de cansancio por luchar contracorriente.

Sentado al fondo del todo, en el asiento del medio cual títere en manos de un niño sin brazos ni manos… inmóvil.

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