Fuego.


Con una luz acogedora, corpulenta y dejando ver tus sombras en la pared. Esa pared que se hizo de papel ligero, a través de ella se oiría al más pequeño ratón correr por el suelo. Me coges de la cintura y empiezas a acercarte insinuándome que eres el único de tu especie, tan irreal como fantástico. Con la otra delicada mano me acaricias el pelo, la cara, mis labios… decido seguirte el juego. La luz parece dedicarnos tiempo, el sitio entró en calor y ambos cogimos nuestra rabia y la sacamos fuera de nuestra piel. El tiempo corre, las paredes oyen y mis oídos cargados de detalles. Tras una aventura, me recompuse, tú quedaste durmiendo en aquella cama blanca, yo cogí mi abrigo y mi rojo de labios… sigilosamente desaparecí.

El juego de la vida, tan peligroso como tentador.

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