Desesperación.


Un hombre tirado en su cama, arañando sus sábanas por la frustración que alcanza su mente al ver a su alrededor la vida. Las rasga, con la furia que consigue desatar de sus ojos tristes lágrimas que ayudan a comprender su mente y pensamiento. En su entorno una ventana rota, posiblemente golpeada con aquella caja dispersa en el suelo llena de palabras. Un jarrón que no sostiene nada y flores muertas por la pérdida de su agua. Un armario seco, pues sus ropas aparecieron hechas añicos en sus manos. Una mesa sin cajón, y un cajón sin vida en la esquina del cuarto, vacío, sin esperanza. En el interior, sus tripas se ataron y amarraron su corazón haciendo de él algo minúsculo. ¿Cómo llegar a esa situación? La mente, llena de un cúmulo de cosas desesperantes, su boca cosida con rabia y sus ojos sin querer abrirse al mundo. Sus brazos débiles al igual que un desamparado animal, piernas flaqueantes y un cuello poco erguido,  la vida le mostró que la cabeza alta no sirve más que para llevarse golpes. El sueño tormenta más aún sus esperanzas, por ello intenta pasar en vela el poco tiempo que sus sentimientos le dejarán en pie. Una nota pegada en la puerta, escribía sin reparo alguno una despedida de lo más triste y lamentable. Dejando besos para aquel que le encontrara en el vacío, una firma creativa y de fondo toda una vida. Llegó la hora de decir adiós a este lento pasar de la vida. Años, meses, días, horas, minutos y segundos que se le clavaban en la piel con láminas bronceadas de alcohol. Se dejó caer como hoja con el viento, suave, rozándose con el aire. Un golpe que le llevaría de aquel sufrimiento hacia el desafío con el recuerdo.

El amor, muchas veces es la balanza entre la vida… y el recuerdo.

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